La Compañía del Mississippi: la gran ilusión financiera de Francia

Un reino arruinado y un visionario escocés

Francia, en los primeros años del siglo XVIII, era un imperio exhausto. Las guerras interminables de Luis XIV habían vaciado el Tesoro y dejado al país hundido en deuda. Los impuestos ahogaban al pueblo y el oro desaparecía de circulación. En ese escenario de crisis surgió un personaje tan brillante como temerario: John Law, un economista escocés con ideas revolucionarias sobre el dinero y el crédito.

Law llegó a París con un plan audaz. Creía que la escasez de metales preciosos podía resolverse creando papel moneda respaldado por la confianza del Estado, lo que reactivaría la economía y el comercio. Su idea fascinó al regente Felipe II de Orleans, que le dio poder absoluto para reformar el sistema financiero francés.

El nacimiento de la Compañía del Mississippi

En 1717, Law fundó la Compagnie du Mississippi, una empresa destinada a administrar y explotar los territorios franceses del valle del Mississippi, en América del Norte. Aquellas tierras —hoy parte de Luisiana— eran casi desconocidas, pero Law las presentó como una promesa de oro, especias y plantaciones fértiles.

El escocés nunca pisó el Mississippi. Su imagen de la región provenía de mapas incompletos y relatos exagerados. Sin embargo, supo vender la ilusión con maestría: la compañía no era solo una empresa colonial, sino el corazón de un nuevo sistema económico donde el papel reemplazaba al metal y la especulación al trabajo real.

Miles de franceses se lanzaron a comprar acciones. La aristocracia, los comerciantes y hasta los sirvientes buscaban participar de la fiebre americana. En París, los corredores dormían en las calles esperando su turno frente a la sede de la empresa. La Rue Quincampoix se convirtió en el primer Wall Street de la historia.

El espejismo de la riqueza

Entre 1718 y 1720, el valor de las acciones de la Compañía del Mississippi se disparó hasta niveles irracionales. Los rumores hablaban de minas de oro y ciudades prósperas a orillas del gran río. En realidad, los colonos enviados al Mississippi se enfrentaban a una pesadilla tropical: pantanos infestados de mosquitos, enfermedades, hambre y abandono. De los miles que partieron, muchos murieron o regresaron arruinados.

El supuesto “paraíso americano” no existía. La empresa de Law era, en esencia, una gigantesca pirámide de confianza sostenida por propaganda y crédito. Para mantener el entusiasmo, el Banco Real —también dirigido por Law— emitía billetes sin respaldo suficiente. La máquina de imprimir dinero mantenía viva la ilusión de prosperidad.

En 1719, Law consolidó su poder fusionando su compañía con otras empresas coloniales y fiscales, creando la Compagnie perpétuelle des Indes, que controlaba el comercio con África, India, China y América. Era un imperio financiero bajo su mando, un Estado dentro del Estado.

Compañía del Mississippi

La caída del castillo de papel

Como toda burbuja, la del Mississippi estalló cuando la realidad se impuso. En 1720, los primeros inversores comenzaron a retirar beneficios y a exigir oro a cambio de sus billetes. El sistema no podía sostenerse: no había oro suficiente, ni riquezas en América que respaldaran el delirio.

El pánico fue inmediato. Las multitudes invadieron el Banco Real para canjear sus billetes, mientras las acciones caían en picada. La confianza se evaporó en cuestión de semanas. Los ricos que habían presumido de su fortuna se arruinaban, los ahorros del pueblo desaparecían, y el papel moneda, símbolo de la modernidad, se convertía en un pedazo inútil de promesas rotas.

John Law, antaño celebrado como el genio que había rescatado a Francia, fue declarado responsable del desastre. Huyó de París disfrazado, dejando tras de sí miles de familias en la ruina y un Estado aún más endeudado que antes de su reforma.

El eco del desastre

El colapso de la Compañía del Mississippi fue un trauma nacional. Francia perdió la fe en el papel moneda por casi un siglo y regresó al oro y la plata. La desconfianza hacia las finanzas y hacia el propio Estado se arraigó en la conciencia colectiva, contribuyendo a largo plazo a la deslegitimación del poder monárquico.

La burbuja del Mississippi ocurrió décadas después de la fiebre de los tulipanes holandeses de 1637, pero a diferencia de aquella, su alcance fue nacional: comprometió al Estado, al sistema bancario y a toda la economía francesa. Fue la primera crisis financiera verdaderamente moderna.

La lección fue dura: cuando la confianza se convierte en mercancía y el dinero en ilusión, el derrumbe es inevitable. La economía francesa tardaría décadas en recuperarse, pero la idea de que el crédito podía mover el mundo —aunque fuera un mundo imaginario— jamás desaparecería.

John Law y el mito del progreso financiero

A pesar del colapso, Law no fue un simple charlatán. Fue un hombre adelantado a su tiempo que entendió que la riqueza podía multiplicarse mediante la circulación del dinero y no solo mediante el oro físico. Sin embargo, su error fue creer que la psicología humana obedecía las leyes matemáticas: la codicia, la fe y el miedo no podían cuantificarse.

Su sistema anticipó mecanismos que siglos después se convertirían en pilares de la economía moderna: los bancos centrales, la deuda pública, la emisión de billetes y los mercados de valores. Pero lo hizo sin los controles ni la transparencia necesarios, y esa mezcla de innovación y delirio marcó su caída.

El fracaso de la Compañía del Mississippi mostró al mundo que la economía podía ser tan volátil como las pasiones humanas. El dinero, más que una realidad tangible, era una historia que todos decidían creer. Cuando esa historia se quebraba, lo hacía también el imperio que la sostenía.

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